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Un oficio… en peligro de extinción

Don Ernesto Cisneros Espinoza, conocido como “El Padrino”, es de los pocos impresores que sobreviven de la venta de tarjetas, invitaciones y calendarios impresos en la Plaza de Santo Domingo, ubicada a unas cuadras del zócalo capitalino.

01 Noviembre 2019

Son las 13 horas de martes 8 de octubre de este 2019; un Uber me deja afuera de la Catedral Metropolitana y camino hacia la calle República de Guatemala para enseguida dar vuelta a mi derecha y tomar la calle República de Brasil, con dirección a la Plaza de Santo Domingo, lugar donde hace algunos años era un “hervidero” de imprentas e impresores

que ofrecían desde tarjetas de presentación, invitaciones para boda, papelería membretada y un sinfín de productos impresos en tipografía, offset, serigrafía e impresión digital. Ahí se “ofrecía de todo”: certificados, pasaportes, facturas, títulos, entre otros más.

Hoy, el panorama es diferente, en mi trayecto de 3 cuadras, solo una persona me ofreció servicios de impresión; el resto comercios, puestos de comida, de venta de ropa, zapatos, equipo fotográfico… el sol, en su apogeo.

Al llegar a la Plaza y caminar hacia los arcos, te encuentras con pequeños puestos de madera que ofrecen diversos impresos, básicamente invitaciones para eventos sociales; “jóven, qué se le ofrece? qué busca? invitaciones? tarjetas? me preguntan en los 3 primeros mientras los observo (solo uno tiene una pequeña prensa, pero sin uso).

Cuando les digo que quiero hacer una entrevista a algún impresor tipográfico, me dicen que de “esos ya no hay”; está uno, le dicen “El Padrino” y lo encuentro pasando los arcos, a un costado del templo. El resto, maquiladores, escribanos (de esos que hacen todavía cartas en máquina de escribir) y un grupo de “los viejos”, sentados en una mesa jugando dominó.

DE IMPERMEABILIZAR A IMPRIMIR

Cruzo una cuadra. Dentro de otros portales, un espacio desolado, solo 3 puestos de madera, ninguna prensa funcionando; hay dos juntos que me llaman la atención, uno tiene un letrero que dice “El Padrino I” y el otro “El Padrino II”; me acerco con el que está atendido por el señor de mayor edad, sentado en un pequeño banco, lo saludo y le pido que me conceda una entrevista. Serio, desconfiado y seco, me responde que no. Me presento, le digo que somos colegas, le muestro un ejemplar de Bazar Gráfico y le explico que tengo interés en entrevistar a personas que mantienen vivo el oficio de la tipografía. Accede, y poco a poco se desarrolla la plática.

Le lanzo la primera pregunta: ¿Hace cuanto empezó? ¡Uy! Hace 40 - 45 años, ya no recuerdo!. Aprendí en una temporada navideña, porque antes se hacían millones de tarjetas. Nunca pensé en tomar el oficio; andaba yo de “impermeabilizante”, empecé impermeabilizando el aeropuerto, cuando eso ocurrió la compañía se cambió a Lomas de Chapultepec, -¡quedaba bien lejos!-. Me mandaron a varios lados, estuve también aquí en Correos, resanando las juntas de los mosaicos, eso me llevó varios meses.

LLEGADA FORTUITA A LA IMPRENTA

Ya en confianza, Don Ernesto cuenta sus orígenes: –Yo vivía por aquí adelante, en una ocasión que me junté con unos amigos que vivían del otro lado, como jugaba futbol y era muy amigable, me invitaron. Ahí conocí a dos o tres impresores (de los más “viejanos” de aquí), entre ellos había uno que tenía una imprenta alquilada, se llamaba Alfa y era de León, él jugaba con nosotros. Un día me dice: “No te gustaría aprender esto”. -¡No!-, no me llama la atención. Yo estudié hasta primero de secundaria, y aquí, para aprender esto, hay que tener mucha ortografía!

“No, ándale, viene diciembre”, me dijo, “mira, mucha tarjeta navideña”… como antes, había muchos que vendían mucha tarjeta navideña, foráneos; venían a surtirse aquí de tarjetas; entonces no había trabajadores disponibles. Me insistió: “Ándale para que te ganes “una feria” en diciembre, mira que acá”, -¡Bueno!-. Pues me agarró, me sentó, me puso una mesita, me puso una caja de tipos (puro tipo móvil) me dijo: “Apréndete la caja”, me puso unos papelitos (altas y bajas, y especialidades) -¡Ujum!-.

Y así empecé, me la aprendí como en tres o cuatro horas. “Pues te la voy a preguntar”, -¡Si!-. “¿Estas seguro?”, -¡Si, ya me la aprendi bien!-. Ya me la preguntó, pues ya… Enseguida agarró un íntercomponedor y unas interlíneas, y me dijo: “Ponte a parar lo que se te ocurra, puros nombres propios, lo que se te ocurra”. Ya empecé yo a parar puros nombres, y ya luego me los revisaba… “mira no, esto va así y asado”.

Ya con las bases aprendidas, recuerda: “Empecé haciendo unas tarjetas de presentación. Primero me enseñaron a parar el tipo, luego me enseñaron a armar (a poner la rama), luego la máquina, así que fue paso por paso, por que antes se usaba el linotipo, para las frase navideñas y fechas".

PURAS “ALTAS”

Cisneros Espinoza, refiere que trabajó de esa manera unos 13 años, ganando 25 pesos a la semana y fueron aumentando a 35, 50 hasta llegar a ganar 100 pesos semanales. Y continúa diciendo: “Yo trabajé con el señor Peña, que en paz descanse; que ponía uno, dos, tres, cuatro, cinco máquinas y dos (operarios) por máquina. No, yo no; a mi siempre me gustó trabajar solo., trabajaba yo muy rápido; un ciento de tarjetas en 3 o 4 minutos”.

años 60-70’s. Ya luego yo empecé a ganar lo que yo quisiera. La tarjeta me la pagaba a 6 o 7 pesos, la orden. La orden se componía de 25 a 100. Ya después pusieron estos puestos aquí. Estos portales lo arreglaron para las olimpiadas, para los artesanos de Puebla (para el ´68). Entonces aquí vinieron los artesanos, pero vieron la calle y más tardaron en venir que en irse”.

LA HISTORIA DE “EL PADRINO”

Cuando le pregunto el porqué del nombre de su puesto, recuerda: “Yo tenía un amigo que se llamaba Jesús Ramírez y era dueño del puesto, entonces no había trabajadores y lo alquilaba pero nunca le pagaban, siempre… ya sabe… entonces lo cerró; y una vez que estaba en la cantina me dice: “vamos a platicar” -¡Si!-. y me dijo: “Sabes qué, te vendo el puesto”. No tengo dinero. “No hay problema, te lo vendo en abonos, ¿cuánto tienes ahorita? Yo tenía 15 mil pesos. “Dámelos, te lo voy a dar el 50 mil pesos”, pues me animé y le fui pagando de poco a poco".

Entonces, yo seguí trabajando porque el puesto estaba vació, estaba sólo. Pues seguí trabajando, aquí venían muchos que vendían tipos a crédito, entonces me conecté con ellos. Había una señora muy buena gente, y le dije: miré voy a abrir este puesto, necesito tipos, “no se preocupe, aquí ya todos lo conocen, usted es muy trabajador”, entonces me dijo “sí” y me compré un resto de cosas. A mí, mis cajas siempre me a gusta tenerlas abundantes. Tenía yo mis cajas bien surtidas, tipo comercial, porque aquí hacíamos los boletos de rifa, tarjetas personales, yo tenía de todo”.

Así fue como empecé con el “Padrino I”. Al inicio no tenía nombre, no vaya a creer que por la película. Vino porque me daban un montón de ahijados; no le miento, yo creo que he de tener unos 20 o 25 ahijados. Terminé heredándoselo a mi hijo. Pero yo me atonté en dejarle el nombre. Entonces, llegó el momento de que me venderían este puesto, también vació, yo lo fui adecuando. Y este, aquí sigue todavía, se llama “El Padrino II”.

LO QUE UN DÍA FUE, NO SERÁ

En este momento de la plática, recibe una llamada; ya huele a sopa y le preguntan que a qué hora llegará a comer. Contesta que está ocupado y continúa hablando con algo de nostalgia: “La impresión ya está desapareciendo, yo trato de conservar la tradición. Ando buscando quien me pueda vender tipos. Muchos, llevan las máquinas a vender al kilo. ¿Sabe cuánto costaba una maquina de éstas? Entre 4 y 5 mil pesos cada una, los que no saben empezaron a vender el kilo de letras a 5 pesos. Tanto trabajo que le dio a uno hacerse de sus fuentes, y es que ya a muchos no les interesa. ¡Esto es un arte!

Entonces yo trato de conservar tradición, si usted me pide le venda paquete de tipos, yo se lo vendo, con tal de que siga con la tradición. He vendido dos, uno se lo llevaron a Francia".

Le lanzo un par de preguntas más: ¿Cuántos clientes le llegan al día? “Como ya nadie conoce esto, unos dos o tres”. ¿Qué futuro le ve a su negocio? “Pues, esto así, ya no. A como estamos, la imprenta ya no tarda en desaparecer. Yo creo que en unos 5 o 6 años ya no va a ver estas máquinas. A mi edad, me da mucho gusto que vengan a ordenarme unas de boda, unas tarjetas, lo disfruto. Lástima que muchos no piensen como yo!.

Don Ernesto me despide con una frase que le sale del corazón: “Impulsen esto, que es un arte”. Intercambiamos tarjetas de presentación y quedó mi compromiso de volver, para entregarle la siguiente edición de Bazar Gráfico, donde saldrá publicada esta entrevista.

Son ya las 2 pasadas, termino de tomar algunas fotografías antes de regresar sobre mis pasos para abordar el siguiente Uber que me lleve al aeropuerto.