Tinta, papel y Locura con Don Quijote

01 Julio 2025
En 1605, mientras los lectores españoles se rendían ante las primeras aventuras del ingenioso hidalgo, 262 ejemplares del Quijote cruzaban el océano en barcos cargados no solo de pólvora y cacao, sino también de letras que cambiarían la historia editorial del Nuevo Mundo.
En julio de 1605, apenas seis meses después de su impresión, el Quijote embarcó rumbo a América. El cargamento zarpó desde Sanlúcar de Barrameda en la nao Espíritu Santo hacia Veracruz, donde arribó con más de 200 ejemplares consignados al librero Clemente Valdés, establecido en la Ciudad de México.
Esta hazaña de logística y comercio no fue menor: en plena época colonial, los libros viajaban bajo fuertes restricciones, impuestos y censuras. Que el Quijote llegara tan pronto al Virreinato de la Nueva España es testimonio de su impacto inmediato y del engranaje editorial que España ya tenía desplegado hacia sus colonias.
Un trabajo de impresión titánico
La primera edición del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha fue impresa en los talleres de Juan de la Cuesta, ubicados en la calle Atocha de Madrid. Con fecha de licencia en septiembre de 1604 y pie de imprenta fechado en enero de 1605, esta edición fue un trabajo contrarreloj, pues Francisco de Robles, el librero-editor, sabía que tenía entre manos un posible éxito.
La tirada estimada fue de entre 1,500 y 1,750 ejemplares, impresos en papel procedente del Monasterio de El Paular y con tipos móviles de estilo "atanasio" de cuerpo 12. El proceso se realizó en pliegos de ocho hojas, con una composición artesanal y un control de calidad que, si bien hoy nos parecería deficiente, era el estándar de su tiempo.
Hoy, la Sociedad Cervantina conserva el edificio donde nació el Quijote, con una réplica exacta de la prensa utilizada en 1605.
Visitarlo es un viaje al pasado de la imprenta, donde se puede palpar —literalmente— cómo se imprimía una obra maestra.
Y en México, bibliotecas como la Nacional o la del Fondo Reservado de la UNAM conservan ejemplares de siglos posteriores, que demuestran cómo el Quijote siguió reimprimiéndose en nuestro país como símbolo de cultura, crítica e identidad.





